lunes, 25 de enero de 2010

LA RELIGIÓN ...¿COMO EMPEZÓ?

La religión... ¿cómo empezó?

Ante todo debemos entender en primer lugar qué envuelve la
palabra “religión” “adoración” y cual fue su inicio sin
contaminación, en la información que sigue se nos detalla una
visión suficiente para entender este punto y a continuación
hago una exposición de cómo la edad de oro se distorsiona
empezando la implantación del sistema.
LA HISTORIA de la religión es tan antigua como la del hombre
mismo. Eso es lo que nos dicen arqueólogos y antropólogos. Hasta
entre las civilizaciones más “primitivas”, es decir, subdesarrolladas,
se encuentra prueba de algún tipo de adoración. De hecho, The
New Encyclopædia Britannica dice que “hasta donde ha llevado la
investigación a los eruditos, considerando todo lugar y tiempo,
nunca ha existido un pueblo que no fuera de alguna manera
religioso”.
Además de ser antigua, la religión también se manifiesta en gran
variedad. Los cazadores de cabezas de las selvas de Borneo, los
esquimales de las heladas regiones árticas, los nómadas del
desierto del Sahara, los moradores de las grandes metrópolis del
mundo... todo pueblo y toda nación de la Tierra tiene su dios, o
dioses, y su manera de adorar. Realmente es asombrosa la
diversidad que hay en el campo religioso.
Como es lógico, surgen ciertas preguntas. ¿De dónde vinieron
todas estas religiones? Puesto que entre ellas hay claras
diferencias y obvias similitudes, ¿empezaron independientemente, o
pudieran haberse desarrollado de una sola fuente? Bien
pudiéramos preguntar: ¿Qué razón pudo haber para que
comenzara la religión? ¿Y cómo empezó? Para todos los que se
interesan en descubrir la verdad sobre la religión y las creencias
religiosas, las respuestas a estas preguntas son vitalmente
importantes.
La cuestión del origen
Sobre la cuestión del origen, personas de diferentes religiones
piensan en nombres como Mahoma, el Buda, Confucio y Jesús. En
casi toda religión podemos hallar alguna figura central de quien se
dice que fundó la ‘fe verdadera’. Algunos fueron reformadores
iconoclastas. Otros fueron filósofos moralistas. Otros fueron héroes
folclóricos abnegados. Muchos han dejado escritos o dichos que
formaron la base de una nueva religión. Con el tiempo la gente
elaboró sobre sus dichos y hechos, los embelleció y los rodeó de
misterio. Hasta se deificó a algunos de estos líderes.
Aunque se vea a estos hombres como fundadores de las
religiones principales que conocemos, debe notarse que ellos en
realidad no fueron originadores de religión. En la mayoría de los
casos sus enseñanzas se derivaron de ideas religiosas ya
existentes, aunque la mayoría de estos fundadores afirmaron que
tenían como fuente la inspiración divina. En el caso de algunos,
cambiaron y modificaron sistemas religiosos existentes que de
algún modo ya no eran satisfactorios.
Por ejemplo, hasta donde puede determinarse con exactitud
histórica, nos enteramos de que el Buda había sido un príncipe a
quien impresionó el sufrimiento y las condiciones lamentables de la
sociedad dominada por el hinduismo que le rodeaba. El budismo
fue el resultado de su búsqueda de una solución para los dolorosos
problemas de la vida. Mahoma, de manera similar, se perturbó
mucho debido a la idolatría e inmoralidad que vio en las prácticas
religiosas de su entorno. Después afirmó haber recibido
revelaciones especiales de Dios, que formaron el Corán y fueron la
base de un nuevo movimiento religioso, el islam. El protestantismo
se desarrolló del catolicismo como resultado de la Reforma que
empezó a principios del siglo XVI, cuando Martín Lutero protestó
contra la venta de indulgencias por la Iglesia Católica en aquel
tiempo.
Así, pues, en lo referente a las religiones que ahora existen no
hay falta de información sobre su origen y desarrollo, sus
fundadores, sus escritos sagrados y así por el estilo. Pero ¿qué se
puede decir de las religiones que las precedieron? ¿Y de las que
antecedieron a esas? Si seguimos remontándonos en la historia,
tarde o temprano nos vemos ante la pregunta: ¿Cómo empezó la
religión? Queda claro que para hallar la respuesta a esa pregunta
tenemos que ir más allá de los límites de cada religión.
Muchas teorías
El estudio del origen y desarrollo de la religión es un campo
comparativamente nuevo. Por siglos la gente aceptaba a grado
mayor o menor la tradición religiosa en cuyo seno había nacido y se
había criado. La mayoría de las personas estaban satisfechas con
las explicaciones que les pasaban sus antepasados y creían que su
religión era la verdad. Rara vez había razón para cuestionar nada,
ni necesidad de investigar cómo, cuándo ni por qué empezó lo que
conocían. De hecho, porque los medios de transportación y
comunicación eran limitados, pocas personas siquiera sabían que
había otros sistemas religiosos.
No obstante, durante el siglo XIX ese cuadro empezó a cambiar.
La teoría de la evolución cundió por los círculos intelectuales. Eso,
junto con el advenimiento de la investigación científica, hizo que
muchos pusieran en tela de juicio los sistemas establecidos, y en
eso estuvo incluida la religión. Porque reconocieron que sería
limitado lo que podrían descubrir dentro de la religión existente,
algunos eruditos estudiaron los restos de civilizaciones del pasado
remoto o investigaron lugares distantes del mundo donde la gente
aún vivía en sociedades primitivas. Trataron de aplicar a estas
sociedades los métodos de la sicología, la sociología, la
antropología, y así por el estilo, con la esperanza de hallar alguna
clave en cuanto a cómo había empezado la religión y por qué.
¿Qué resultado tuvo esto? De súbito se presentaron muchas
teorías —pareció que había tantas teorías como investigadores—, y
cada investigador contradecía al otro, y cada uno se esforzaba por
sobrepasar al otro en atrevimiento y originalidad. Algunos de estos
investigadores llegaron a conclusiones importantes; la obra de otros
sencillamente ha pasado al olvido. Nos educa e ilumina el tener
alguna idea de los resultados de esta investigación. Nos ayuda a
comprender mejor las actitudes religiosas de personas con quienes
tratamos.
El antropólogo inglés Edward Tylor (1832-1917) propuso una
teoría a la que comúnmente se llama animismo. Sugirió que
experiencias como sueños, visiones, alucinaciones y la ausencia de
vida en los cadáveres hizo que la gente primitiva concluyera que un
alma (latín: anima) habitaba el cuerpo. Según esta teoría, puesto
que la gente solía soñar con sus amados que habían muerto,
supuso que el alma seguía viviendo después de la muerte; que
salía del cuerpo y moraba en árboles, rocas, ríos, y así por el estilo.
Con el tiempo se adoró como dioses a los difuntos y a los objetos
en que se decía que habitaban las almas. Y así, según Tylor, nació
la religión.
Otro antropólogo inglés, R. R. Marett (1866-1943), propuso un
perfeccionamiento del animismo, y llamó a esto animatismo.
Después de estudiar las creencias de los melanesios de las islas
del Pacífico y de los nativos de África y los Estados Unidos, Marett
concluyó que en vez de tener la noción de un alma personal los
pueblos primitivos creían que había una fuerza o poder sobrenatural
impersonal que lo animaba todo; aquella creencia despertó en el
hombre emociones de reverencia y temor que se convirtieron en la
base de su religión primitiva. Para Marett la religión era
principalmente la respuesta emocional del hombre a lo
desconocido. Su declaración favorita era que “más bien que pensar
[en lo religioso], el hombre lo danzaba”.
En 1890, James Frazer (1854-1941), escocés experto en folclor
antiguo, publicó la influyente obra The Golden Bough (La rama
dorada), y en ella afirmó que la religión se había desarrollado de la
magia. Según Frazer, al principio el hombre trató de controlar su
propia vida y su entorno mediante imitar lo que veía que pasaba en
la naturaleza. Por ejemplo, creyó que podría atraer la lluvia si
rociaba agua sobre el terreno mientras le acompañaban golpes de
tambor que imitaban el sonido de truenos, o que podría causar daño
a su enemigo mediante meter alfileres en una efigie de él. Esto llevó
al uso de ritos, hechizos y objetos mágicos en muchos campos de
la vida. Cuando nada surtía el efecto esperado, entonces el hombre
trataba de apaciguar a los poderes sobrenaturales o suplicaba su
ayuda, en vez de tratar de controlarlos. Los ritos y conjuros se
convirtieron en sacrificios y oraciones, y así empezó la religión.
Según Frazer, la religión es “ganar el favor o la benevolencia de
poderes superiores al hombre”.
Hasta el famoso sicoanalista austriaco Sigmund Freud (1856-
1939), en su libro Tótem y tabú, trató de explicar el origen de la
religión. Fiel a su profesión, explicó que la religión más antigua se
desarrolló de lo que él llamó una neurosis en cuanto a una figura
paternal. Teorizó que, como sucedía entre los caballos y el ganado
en condición salvaje, en la sociedad primitiva el padre dominaba al
clan. Los hijos, que a la vez odiaban y admiraban al padre, se
rebelaron contra él y lo mataron. Para adquirir el poder del padre,
alegó Freud, ‘estos salvajes caníbales se comieron a su víctima’.
Después, por remordimiento, inventaron ritos y ceremonias como
expiación por lo que habían hecho. Según la teoría de Freud la
figura del padre llegó a ser Dios, los ritos y ceremonias llegaron a
ser la religión más antigua, y el que los hijos se comieran al padre
muerto se convirtió en la comunión que es práctica tradicional de
muchas religiones.
Pudiéramos citar muchas otras teorías que son intentos de
explicar el origen de la religión. Sin embargo, la mayoría de ellas se
han relegado al olvido, y ninguna realmente se ha destacado como
más digna de credibilidad o aceptable que las demás. ¿Por qué?
Sencillamente porque nunca hubo evidencia o prueba histórica de
que estas teorías fueran verdad. Eran solo el producto de la
imaginación o conjetura de algún investigador, algo que pronto se
reemplazaba por la siguiente teoría que se presentara.
Cimientos débiles
Después de años de luchar con esta cuestión, muchos han
concluido ahora que no es muy probable que se adelante mucho en
resolver la incógnita del comienzo de la religión. Esto se debe, en
primer lugar, a que los huesos y restos de los pueblos del pasado
remoto no nos dicen cómo pensaba aquella gente, ni lo que temía ni
por qué adoraba. Cuanto se diga como resultado del estudio de
estos artefactos no pasa de ser adivinación, aunque se base en
algún conocimiento. Segundo, las prácticas religiosas de los
llamados pueblos primitivos de hoy día, como los aborígenes
australianos, no son necesariamente una vara de medir confiable en
cuanto a lo que decía o pensaba la gente de tiempos antiguos.
Nadie sabe de seguro si la cultura de aquellos pueblos cambió a
través de los siglos, ni cómo, si así fue.
Debido a todas estas incertidumbres, el libro World Religions—
From Ancient History to the Present (Las religiones universales...
desde la historia antigua hasta la actualidad) llega a la conclusión
de que “el historiador moderno de religiones sabe que es imposible
llegar al origen de la religión”. Sin embargo, sobre los esfuerzos de
los historiadores este libro dice: “En el pasado, demasiados teóricos
buscaron, no solo describir o explicar la religión, sino eliminarla por
explicaciones, pues creían que si se mostraba que sus primeras
formas se basaban en ilusiones, entonces podrían socavarse las
religiones posteriores y superiores”.
Ese último comentario nos ayuda a comprender por qué varios
investigadores “científicos” del origen de la religión no han
propuesto explicaciones sostenibles. La lógica nos dice que solo de
proposiciones correctas puede llegarse a una conclusión correcta.
Si uno empieza con una proposición errónea, no es probable que
llegue a una conclusión sólida. El que después de tratar vez tras
vez los investigadores “científicos” no hayan alcanzado una
explicación razonable hace surgir serias dudas en cuanto a la
proposición sobre la cual han basado sus puntos de vista. Al seguir
su noción preconcebida, en sus esfuerzos por ‘eliminar por
explicaciones la religión’ han tratado de eliminar por explicaciones a
Dios.
La situación se puede comparar con la de los astrónomos de
antes del siglo XVI que de muchas maneras trataron de explicar el
movimiento de los planetas. Había muchas teorías, pero ninguna
verdaderamente satisfacía. ¿Por qué? Porque se basaban en la
suposición de que la Tierra era el centro del universo y que las
estrellas y los planetas giraban alrededor de ella. No se logró
verdadero progreso sino hasta que los científicos —y la Iglesia
Católica— estuvieron dispuestos a aceptar el hecho de que la Tierra
no era el centro del universo, sino que giraba alrededor del Sol, el
centro del sistema solar. El que no se pudieran explicar los hechos
mediante las muchas teorías hizo que personas pensadoras dejaran
de presentar nuevas teorías y decidieran reexaminar la proposición
original que era base de sus investigaciones. Y eso condujo al éxito.
El mismo principio se puede aplicar al esfuerzo por descubrir el
origen de la religión. Por el surgimiento del ateísmo y la aceptación
extensa de la teoría de la evolución, muchas personas han dado por
sentado que Dios no existe. Fundándose en eso, les parece que
pueden explicar la existencia de la religión por lo que hay en el
hombre mismo... en sus pensamientos, sus necesidades, sus
temores, sus “neurosis”. Voltaire declaró: “Si Dios no existiera,
habría que inventarlo”; de modo que afirman que el hombre ha
inventado a Dios. (Véase el recuadro de la página 28.)
Puesto que ninguna de las muchas teorías ha dado una
respuesta que en verdad satisfaga, ¿no ha llegado el tiempo de
reexaminar la proposición sobre la cual se han basado esas
investigaciones? En vez de seguir esforzándonos infructuosamente
del mismo modo, ¿no sería lógico buscar la respuesta de otra
manera? Si queremos ser razonables, concordaremos en que hacer
eso es tanto lógico como científico. Y precisamente tenemos un
ejemplo que nos puede ayudar a ver lo lógico de este proceder.
Una investigación de mucho tiempo atrás
En el primer siglo de nuestra era común la ciudad de Atenas,
Grecia, era un prominente centro de enseñanza. Sin embargo, entre
los atenienses había muchas diferentes escuelas de pensamiento
—como la de los epicúreos y la de los estoicos—, cada una con su
propia idea acerca de los dioses. Con estas diferentes ideas como
base, se veneraba a muchas deidades, y se desarrollaron diversos
modos de adoración. El resultado fue que la ciudad estaba llena de
ídolos y templos hechos por los hombres. (Hechos 17:16.)
Alrededor del año 50 E.C., el apóstol cristiano Pablo visitó
Atenas y presentó a los atenienses un punto de vista totalmente
diferente. Les dijo: “El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que
hay en él, siendo, como es Este, Señor del cielo y de la tierra, no
mora en templos hechos de manos, ni es atendido por manos
humanas como si necesitara algo, porque él mismo da a toda
persona vida y aliento y todas las cosas”. (Hechos 17:24, 25.)
En otras palabras, Pablo estaba diciendo a los atenienses que el
Dios verdadero, quien “hizo el mundo y todas las cosas que hay en
él”, no es producto de la imaginación del hombre, ni se sirve a ese
Dios de las maneras que el hombre mismo invente. La religión
verdadera no es simplemente un esfuerzo unilateral del hombre por
tratar de satisfacer alguna necesidad sicológica o ahogar algún
temor. Más bien, puesto que el Dios verdadero es el Creador, quien
dio al hombre capacidad de pensar y facultad de razonar, lo lógico
es que Él le suministraría al hombre un modo de entrar en una
relación satisfaciente con Él. Según Pablo, eso era exactamente lo
que Dios había hecho. “Hizo de un solo hombre toda nación de
hombres, para que moren sobre la entera superficie de la tierra, [...]
para que busquen a Dios, por si buscaban a tientas y
verdaderamente lo hallaban, aunque, de hecho, no está muy lejos
de cada uno de nosotros.” (Hechos 17:26, 27.)
Note el punto clave de Pablo: Dios “hizo de un solo hombre toda
nación de hombres”. Aunque hoy día por toda la Tierra viven
muchas naciones de hombres, los científicos saben que en verdad
toda la humanidad es de un mismo linaje. Este concepto es muy
importante, porque el decir que toda la humanidad es del mismo
linaje significa mucho más que solo el que los hombres estén
relacionados biológica y genéticamente. Están relacionados en
otros aspectos también.
Por ejemplo, note en lo siguiente lo que dice el libro Story of the
World’s Worship (Cómo adora el mundo) sobre el lenguaje humano.
“Los que han estudiado los idiomas del mundo y los han comparado
unos con otros pueden decir algo, y es esto: Es posible agrupar
todos los idiomas en familias o grupos del habla, y se puede ver que
todas estas familias han venido de la misma fuente.” En otras
palabras, las lenguas o idiomas del mundo no se originaron por
separado e independientemente como los evolucionistas quisieran
que creyéramos. Ellos teorizan que cavernícolas de África, Europa y
Asia empezaron a expresarse con gruñidos y al fin desarrollaron
sus propios idiomas. No sucedió así. Lo que las pruebas indican es
que ‘vinieron de la misma fuente’.
Si eso es cierto de algo tan personal y singularmente humano
como el idioma, ¿no sería entonces razonable pensar que las ideas
del hombre acerca de Dios y la religión también hayan venido de
una misma fuente? Después de todo, la religión se relaciona con el
pensamiento, y el pensamiento está relacionado con la capacidad
humana para usar el lenguaje. No es que todas las religiones de
hecho se desarrollaran de una sola religión, sino que debería ser
posible conectar las ideas y los conceptos con algún origen o
conjunto de ideas religiosas común. ¿Hay pruebas de esto? Y si en
verdad las religiones del hombre tuvieron la misma fuente, ¿cuál
pudiera ser? ¿Cómo podemos averiguar eso?
Diferentes, pero similares
Podemos conseguir la respuesta tal como los expertos en
asuntos lingüísticos consiguieron la contestación a sus preguntas
sobre el origen del lenguaje. Al colocar los idiomas lado a lado y
notar sus similitudes, el etimólogo puede determinar la fuente de los
diversos idiomas. De manera similar, si nosotros colocamos las
religiones lado a lado podemos examinar sus doctrinas, leyendas,
ritos, ceremonias, instituciones, y así por el estilo, y ver si tienen en
común algún hilo subyacente de identidad y, si así es, ver a qué nos
lleva ese hilo.
Superficialmente las muchas religiones de hoy día parecen diferir
mucho unas de otras. Sin embargo, si las despojamos de las cosas
que son sencillamente adornos y añadiduras posteriores, o si les
quitamos las distinciones que son el resultado del clima, el idioma,
las particularidades de su tierra nativa y otros factores, es
sorprendente cuán similares resultan ser la mayoría de ellas.
Por ejemplo, muchísimas personas pensarían que difícilmente
pudiera haber dos religiones más diferentes que la católica romana
de Occidente y el budismo de Oriente. Pero ¿qué vemos cuando
eliminamos las diferencias que pudieran atribuirse al idioma y la
cultura? Si mantenemos la objetividad, tendremos que admitir que
las dos tienen muchas cosas en común. Tanto el catolicismo como
el budismo observan muchos ritos y ceremonias. Entre las cosas
comunes a ambas están el uso de velas, incienso, agua bendita, el
rosario, imágenes de santos, salmodias y devocionarios, hasta la
señal de la cruz. Ambas religiones tienen órdenes de monjes y
monjas y se caracterizan por el celibato de los sacerdotes, vestidura
especial, días de fiesta sagrados, alimentos especiales. Esta lista
ciertamente no está completa, pero sirve para ilustrar el punto. La
cuestión es: ¿A qué se debe que dos religiones que parecen tan
diferentes tengan tantas cosas en común?
La comparación de estas dos religiones es iluminadora, y lo
mismo puede hacerse con otras religiones. Cuando hacemos eso,
descubrimos que ciertas enseñanzas y creencias son casi
universales entre ellas. La mayoría de nosotros estamos
familiarizados con doctrinas como las siguientes: el alma humana
es inmortal, hay una recompensa celestial para todos los buenos,
tormento eterno para los inicuos en un infierno, existe un purgatorio,
hay un dios trino y uno o una divinidad compuesta de muchos
dioses, y una diosa a quien se llama madre de dios o reina del cielo.
Sin embargo, además de estas doctrinas hay muchas leyendas y
mitos que también son generales. Por ejemplo, hay leyendas de
que el hombre cayó del favor divino en un intento ilícito por alcanzar
la inmortalidad, de que se necesitan sacrificios para expiar el
pecado, de la búsqueda de un árbol de la vida o una fuente de la
juventud, de dioses y semidioses que vivieron entre los humanos y
produjeron prole sobrehumana, y de un diluvio catastrófico que
devastó a casi toda la humanidad.
¿A qué conclusión llegamos al considerar todo esto? Notamos
que los que creían en estos mitos y leyendas vivían a gran distancia
geográfica unos de otros. Su cultura y sus tradiciones diferían y los
distinguían. Sus costumbres sociales no estaban relacionadas unas
con otras. Sin embargo, en el terreno religioso creían en ideas tan
similares. Aunque no todos estos pueblos creían en todas las cosas
que hemos mencionado, todos creían en algunas de ellas. La
pregunta obvia es: ¿Por qué? Parecería que existía un conjunto
común de creencias del cual cada religión sacó sus creencias
básicas, algunas más, otras menos. Al pasar el tiempo estas ideas
básicas acumularon adornos y modificaciones, y de ellas se
desarrollaron otras enseñanzas. Pero el esquema básico se
distingue con claridad.
Lógicamente, el parecido en los conceptos básicos de las
muchas religiones del mundo es prueba fuerte de que no
empezaron cada una por sí sola y de manera independiente. Más
bien, al remontarnos suficientemente al pasado podemos ver que
sus ideas tienen que haber tenido un origen común. ¿Cuál fue ese
origen?
Una edad de oro primitiva
Es interesante que entre las leyendas comunes a muchas
religiones hay una que dice que la humanidad empezó en una edad
de oro en la cual el hombre no conocía culpa, y vivía feliz y
apaciblemente, en estrecha comunión con Dios, y no enfermaba ni
moría. Aunque los detalles difieran, el mismo concepto de un
paraíso perfecto que existió en el pasado se encuentra en los
escritos y leyendas de muchas religiones.
El Avesta, el libro sagrado de la antigua religión persa del
zoroastrismo, habla sobre “el hermoso Yima, el buen pastor”, quien
fue el primer mortal con quien conversó Ahura-Mazda (el creador).
Ahura-Mazda le dio instrucciones de “nutrir, gobernar y vigilar mi
mundo”. Para hacer eso, tenía que construir Vara, una morada
subterránea, para todas las criaturas vivientes. En aquel lugar “no
había ni opresión ni ánimo malvado, ni estupidez ni violencia, ni
pobreza ni engaño, ni debilidad ni deformidad, ni dientes enormes ni
cuerpos que pasaran del tamaño usual. Los habitantes no estaban
contaminados por el espíritu maligno. Moraban entre árboles
olorosos y columnas doradas; eran los mayores, mejores y más
hermosos de la Tierra; ellos mismos eran una raza alta y hermosa”.
Entre los griegos de la antigüedad, el poema “Los trabajos y los
días”, de Hesíodo, habla de las Cinco Edades del Hombre, la
primera de las cuales fue la “Edad de Oro”, en la cual los hombres
disfrutaron de felicidad completa. Escribió:
“Cuando los hombres y los dioses todos vinieron a la vida,
fue creada por los que moran en el alto Olimpo, la edad de
oro tan tranquila y grata. A Saturno obedientes los
mortales, quien en el cielo entonces imperaba, a la misma
existencia de los dioses la suya asemejaron; de la infausta
inquietud siempre libres, libres siempre de trabajos, de
penas y desgracias, éranle, pues, desconocidos esos
achaques propios de vejez cansada, y sus pies y sus
manos no perdían su vigor, y al placer todos se daban”.
Según la mitología griega aquella legendaria edad de oro se perdió
cuando Epimeteo aceptó como esposa a la hermosa Pandora, que
le fue regalada por el dios olímpico Zeus. Cierto día Pandora
destapó una gran tinaja que tenía, y súbitamente escaparon de ella
las dificultades, las miserias y las enfermedades de las cuales la
humanidad nunca se recuperaría.
Leyendas de la China antigua también mencionan una edad de
oro en los días de Huang Ti (Emperador Amarillo), de quien se dice
que gobernó por cien años en el siglo XXVI a.E.C. A él se le
atribuye haber inventado todo cuanto se relaciona con la
civilización: la ropa y el abrigo, vehículos de transportación, armas y
guerrear, administración del terreno, manufactura, cultivo de la
seda, música, el lenguaje, matemática, el calendario, y así por el
estilo. Se dice que durante su reinado “no había ladrones ni peleas
en China, y la gente vivía en humildad y paz. Las lluvias y el clima
propicios tenían como resultado una cosecha abundante año tras
año. Muy sorprendente era que ni las bestias salvajes mataban ni
las aves rapaces causaban daño. Puesto en pocas palabras, la
historia de China empezó con un paraíso”. Hasta el día de hoy los
chinos todavía alegan que son descendientes del Emperador
Amarillo.
En las religiones de muchos otros pueblos: los egipcios, los
tibetanos, los peruanos, los mexicanos y otros, hay relatos
legendarios similares sobre un tiempo de felicidad y perfección al
principio de la historia humana. ¿Fue solo por accidente que todos
estos pueblos, que vivían a gran distancia unos de otros y tenían
culturas, idiomas y costumbres totalmente diferentes, tuvieran las
mismas ideas acerca de su origen? ¿Fue solo por casualidad o
coincidencia que todos optaron por explicar sus comienzos de la
misma manera? La lógica y la experiencia nos dicen que
difícilmente pudiera haber sido así. Al contrario, en todas estas
leyendas tienen que estar entretejidos elementos comunes de
verdad sobre el principio del hombre y su religión.
Sí, se pueden discernir muchos elementos en común en todas
las diferentes leyendas acerca del principio del hombre. Cuando los
ponemos juntos, empieza a surgir un cuadro más completo. De ese
cuadro se desprende que Dios creó al primer hombre y la primera
mujer y los colocó en un paraíso. Ellos estaban muy contentos y
felices al principio, pero en poco tiempo se hicieron rebeldes.
Aquella rebelión condujo a que perdieran el paraíso perfecto, y
pasaran a una vida de afán y duro trabajo, dolor y sufrimiento. Con
el tiempo la humanidad se hizo tan mala que Dios castigó a los
hombres enviando un enorme diluvio que destruyó a toda la gente
excepto a una familia. Al multiplicarse esta familia, algunos de los
descendientes formaron un grupo y empezaron a edificar una
inmensa torre en desafío a Dios. Dios frustró su proyecto al
confundir su idioma y dispersarlos hasta los extremos de la Tierra.
¿Es este cuadro compuesto tan solo el resultado del ejercicio
mental de alguien? No. Básicamente, ese es el cuadro que se
presenta en la Biblia, en los primeros 11 capítulos del libro de
Génesis. Aunque no vamos a entrar en una consideración de la
autenticidad de la Biblia aquí, nótese que el relato bíblico de la
historia antigua del hombre se refleja en los elementos clave de
muchas leyendas. El relato revela que a medida que la raza
humana empezó a dispersarse desde Mesopotamia los hombres
llevaron consigo sus recuerdos, experiencias e ideas dondequiera
que fueron. Con el tiempo estos experimentaron alteraciones y
cambios y llegaron a ser la trama y urdimbre de la religión en todas
partes del mundo. En otras palabras, volviendo a la analogía que
usamos anteriormente, el relato de Génesis constituye la
agrupación original y cristalina de ideas de la cual se derivaron las
ideas básicas sobre el principio del hombre y de la adoración que se
hallan en las diversas religiones del mundo. A estas los hombres
añadieron sus doctrinas y prácticas particulares, pero la conexión es
innegable.
ADORACIÓN, LO QUE ENVUELVE
Acción de rendir honor reverente u homenaje. La adoración
verdadera al Creador abarca todo aspecto de la vida humana, como
reconoció el apóstol Pablo al escribir a los corintios: “Sea que estén
comiendo, o bebiendo, o haciendo cualquier otra cosa, hagan todas
las cosas para la gloria de Dios”. (1Co 10:31.)
Cuando Jehová Dios creó a Adán, no prescribió ninguna
ceremonia específica ni ningún medio para adorarle. Adán podía
servir o adorar a su Creador haciendo fielmente la voluntad de su
Padre celestial. Más adelante, Jehová delineó para los israelitas un
modo específico de acercarse a Él en adoración, con sus sacrificios,
sacerdocio y santuario tangible. (Véase ACERCARSE A DIOS.) Sin
embargo, esto solo era “una sombra de las buenas cosas por venir,
pero no la sustancia misma de las cosas”. (Heb 10:1.) Lo más
importante siempre ha sido ejercer fe y hacer la voluntad de Jehová
Dios, no las ceremonias o los rituales. (Mt 7:21; Snt 2:17-26.)
El profeta Miqueas dijo al respecto: “¿Con qué me presentaré a
Jehová? ¿Con qué me inclinaré ante Dios en lo alto? ¿Me
presentaré con holocaustos, con becerros de un año de edad? ¿Se
complacerá Jehová con miles de carneros, con decenas de miles de
torrentes de aceite? ¿Daré mi hijo primogénito por mi sublevación,
el fruto de mi vientre por el pecado de mi alma? Él te ha dicho, oh
hombre terrestre, lo que es bueno. ¿Y qué es lo que Jehová está
pidiendo de vuelta de ti sino ejercer justicia y amar la bondad y ser
modesto al andar con tu Dios?”. (Miq 6:6-8; compárese con Sl 50:8-
15, 23.)
Términos hebreos y griegos. La mayoría de las palabras
hebreas y griegas que significan adoración también pueden
aplicarse a otros actos que no están relacionados con la adoración.
El contexto es lo que determina su sentido.
Una de las palabras hebreas que transmite la idea de adoración
(‛a•vádh) básicamente significa “servir”. (Gé 14:4; 15:13; 29:15.) El
servir o adorar a Jehová requería obediencia a todos Sus
mandamientos, estar dedicado exclusivamente a Él y hacer su
voluntad. (Éx 19:5; Dt 30:15-20; Jos 24:14, 15.) Por lo tanto, la
participación de una persona en un ritual o acto de devoción hacia
cualquier otro dios significaba que abandonaba la adoración
verdadera. (Dt 11:13-17; Jue 3:6, 7.)
Otro término hebreo que puede traducirse como adoración es
hisch•ta•jawáh, que significa principalmente “inclinarse” (Gé 18:2) o
“rendir homenaje”. (Véase HOMENAJE.) Aunque en ocasiones el
inclinarse solo era una señal de respeto o cortesía hacia otra
persona (Gé 19:1, 2; 33:1-6; 37:9, 10), también podía ser una
expresión de adoración, una muestra de reverencia y gratitud a Dios
y sumisión a Su voluntad. Cuando se utiliza con referencia al Dios
verdadero o a las deidades falsas, la palabra hisch•ta•jawáh a veces
se relaciona con sacrificio y oración (Gé 22:5-7; 24:26, 27; Isa
44:17), indicando con ello que cuando se oraba o se ofrecían
sacrificios era común inclinarse. (Véase ORACIÓN.)
El significado básico de la raíz hebrea sa•ghádh (Isa 44:15,
17, 19; 46:6) es “postrarse”. Aunque la palabra aramea equivalente
por lo general se relaciona con la adoración (Da 3:5-7, 10-15,
18, 28), en Daniel 2:46 se utiliza con referencia al homenaje que el
rey Nabucodonosor le rindió a Daniel, postrándose delante de él.
Tanto el verbo griego la•tréu•ō (Lu 1:74; 2:37; 4:8; Hch 7:7) como
el sustantivo la•tréi•a (Jn 16:2; Ro 9:4) transmiten la idea de rendir,
no cualquier clase de servicio común o mundano, sino un servicio
sagrado.
La palabra griega pro•sky•né•ō corresponde al término hebreo
hisch•ta•jawáh al expresar la idea de homenaje y, a veces,
adoración. El término pro•sky•né•ō se utiliza para referirse a un
esclavo que rinde homenaje a un rey (Mt 18:26), así como para el
acto que Satanás le exigió a Jesús cuando le ofreció todos los
reinos del mundo y su gloria. (Mt 4:8, 9.) Si Jesús hubiera rendido
homenaje al Diablo, habría indicado que se sometía a él y se hacía
su siervo. Pero Jesús rehusó, diciendo: “¡Vete, Satanás! Porque
está escrito: ‘Es a Jehová tu Dios a quien tienes que adorar [una
forma de la palabra griega pro•sky•né•ō, o de la hebrea
hisch•ta•jawáh según Deuteronomio, de donde Jesús estaba
citando], y es solo a él a quien tienes que rendir servicio sagrado
[una forma de la palabra griega la•tréu•ō o de la hebrea ‛a•vádh]’”.
(Mt 4:10; Dt 5:9; 6:13.) De manera similar, adorar, rendir homenaje
o inclinarse ante la “bestia salvaje” y su “imagen”, implica servicio,
pues los adoradores se identifican como apoyadores de la “bestia
salvaje” y su “imagen” al tener una marca sobre la mano (de la que
la persona se vale para servir) o sobre la frente (a la vista de todos).
Como el Diablo le da a la bestia salvaje su autoridad, adorarla
significa, en realidad, adorar o servir al Diablo. (Rev 13:4, 15-17;
14:9-11.)
Otras palabras griegas relacionadas con la adoración se derivan
de eu•se•bé•ō, thrē•skéu•ō y sé•bo•mai. La palabra eu•se•bé•ō
significa “dar devoción piadosa a” o “venerar; reverenciar”. (Véase
DEVOCIÓN PIADOSA.) En Hechos 17:23 se utiliza para referirse a
la devoción piadosa o veneración que los hombres de Atenas
rendían a un “Dios Desconocido”. De thre•skéu•ō viene el nombre
thrē•skéi•a, que denota una “forma de adoración”, sea verdadera o
falsa. (Hch 26:5; Col 2:18.) La adoración verdadera que los
cristianos practicaban se distinguía por su interés genuino en los
pobres y por una completa separación del mundo impío. (Snt
1:26, 27.) La palabra sé•bo•mai (Mt 15:9; Mr 7:7; Hch 18:7; 19:27) y
el término relacionado se•bá•zo•mai (Ro 1:25) significan
“reverenciar; venerar; adorar”. Los objetos de adoración o devoción
se designan con el nombre sé•ba•sma. (Hch 17:23; 2Te 2:4.) Hay
otros dos términos que vienen de la misma raíz verbal, pero con el
prefijo The•ós, Dios, y son: the•o•se•bēs, que significa “el que
reverencia a Dios” (Jn 9:31), y the•o•sé•bei•a, “reverencia a Dios”.
(1Ti 2:10.) Estos dos términos corresponden en cierto modo a la
palabra alemana para “adoración pública”, a saber: Gottesdienst
(sustantivo que combina “de Dios” y “servicio”).
La adoración que es aceptable a Dios. Jehová Dios solo acepta
la adoración de aquellos que se comportan en armonía con Su
voluntad. (Mt 15:9; Mr 7:7.) Jesús le dijo a una mujer samaritana:
“La hora viene cuando ni en esta montaña [Guerizim] ni en
Jerusalén adorarán ustedes al Padre. Ustedes adoran lo que
no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos [...].
No obstante, la hora viene, y ahora es, en que los verdaderos
adoradores adorarán al Padre con espíritu y con verdad, porque, en
realidad, el Padre busca a los de esa clase para que lo adoren”. (Jn
4:21-24.)
Con estas palabras, Jesús mostró claramente que la adoración
verdadera no iba a depender de cosas visibles ni de lugares
geográficos. En lugar de confiar en la vista o el tacto, el adorador
verdadero ejerce fe, y su adoración a Dios no se ve afectada por el
lugar donde esté o por lo que haya a su alrededor, de modo que
no adora con la ayuda de algo que se pueda ver o tocar, sino con
espíritu. Al ser poseedor de la verdad según Dios la ha revelado, su
adoración armoniza con la verdad. Habiendo conocido a Dios por
medio de la Biblia y habiendo experimentado la influencia del
espíritu de Dios en su vida, la persona que adora con espíritu y con
verdad verdaderamente ‘conoce lo que adora’.
¿A qué dios adorar?
A DIFERENCIA de los animales, nosotros los humanos podemos
adorar. Esto es parte de nosotros desde que nacemos. También
tenemos un sentido moral: una conciencia que nos guía en cuanto a
lo que es correcto y lo que es incorrecto. De diversas maneras todo
humano sigue esa conciencia, y muchos, al hacer eso, acuden por
guía a un dios o a dioses.
Durante el último siglo o par de siglos algunos intelectuales
mundanos han puesto en duda la existencia de un Dios y Creador
Todopoderoso. En 1844 Karl Marx declaró que la religión era “el
opio del pueblo”. Después, Charles Darwin formuló la teoría de la
evolución. Luego vino la revolución bolchevique. En la Europa
oriental el ateísmo se convirtió en la política oficial de los estados de
aquella zona, y se afirmó que la religión desaparecería junto con la
generación de 1917. Pero aquellos ateos no pudieron alterar lo que
fundamentalmente es parte de la humanidad. Esto es patente por el
resurgimiento de la religión en la Europa oriental en estos días.
Sin embargo, como dice la Biblia, hay muchos ‘a quienes se
llama “dioses”, sea en el cielo o en la tierra, así como hay muchos
“dioses” y muchos “señores”’. (1 Corintios 8:5.) En el transcurso de
los siglos la humanidad ha adorado a muchísimos dioses. Ha
habido dioses de la fertilidad, del amor y de la guerra, y también del
vino y el jolgorio. Tan solo en la religión hindú hay millones.
Divinidades trinitarias han florecido en Babilonia, Asiria y Egipto,
así como en países budistas. La cristiandad también tiene su
“Santísima” Trinidad. En el islam, que rechaza a la Trinidad, “no hay
más dios que Alá”. Además, hasta los que se burlan del concepto
de un Dios invisible y Todopoderoso tienen sus propios dioses. Por
ejemplo, en Filipenses 3:19 la Biblia dice sobre los humanos
atrapados por el materialismo: “Su dios es su vientre”.
La mayoría de la gente adora al dios o a los dioses del país o la
sociedad en cuyo seno ha nacido. Esto plantea preguntas como las
que siguen: ¿Lleva toda forma de adoración al mismo lugar, como
carreteras que conduzcan a la cima de una montaña, o llevan a la
calamidad la mayoría de los caminos místicos de la religión, como
senderos que terminen en un precipicio? ¿Hay muchas maneras
apropiadas de adorar, o solo una? ¿Hay muchos dioses que
merecen honra, o hay un solo Dios Todopoderoso que sea digno de
nuestra devoción y adoración exclusiva?
Aparecen los dioses falsos
Vale la pena examinar cuidadosamente preguntas como esas.
¿Por qué? Porque la más antigua autoridad escrita sobre religión, la
Biblia, dice que un dios falso utilizó a una serpiente para llevar a
nuestros primeros antepasados hacia un derrotero desastroso.
Hasta el día de hoy sufrimos los angustiosos resultados de la
estrategia que aquel empleó. (Génesis 3:1-13, 16-19; Salmo 51: 5.)
Jesús, “el Hijo de Dios”, llamó a aquel dios rebelde “el gobernante
de este mundo”. Uno de los apóstoles de Jesús lo llamó “el dios de
este sistema de cosas”. (Juan 1:34; 12:31; 16:11; 2 Corintios 4:4.)
En el versículo 9 del capítulo 12 de Revelación se describe a este
como “la serpiente original, el que es llamado Diablo y Satanás, que
está extraviando a toda la tierra habitada”. Existe un imperio
mundial de religión falsa dominado por Satanás.
Satanás es el archiengañador. (1 Timoteo 2:14.) Explota el deseo
innato de adorar de la humanidad mediante promover muchas
clases de deidades: espíritus ancestrales, ídolos, iconos e
imágenes de “la Virgen”. Hasta fomenta la adoración de dioses
humanos, como gobernantes poderosos, generales coronados por
la victoria y estrellas del cine y de los deportes. (Hechos 12:21-23.)
Hacemos bien en mantenernos alerta, resueltos a buscar y adorar
únicamente al Dios verdadero, quien en realidad “no está muy lejos
de cada uno de nosotros”. (Hechos 17:27.)
Veamos el desarrollo de estos acontecimientos.
INTRODUCCIÓN
Origen del sistema
La información que sigue nos abre las puertas al tema a tratar, en
ella se nos plantea el inicio de una conspiración bien planeada en lo
secreteo y ejecutada sobre la primera pareja humana induciéndolos
a una separación total e independencia de la fuente de la vida o
energía vital.
Este hecho planta los fundamentos para posteriormente crear
por parte de los conspiradores una clase de individuos híbridos
“Nefilin” = gigantes para subyugar a los descendientes de la primera
pareja de humanos con el objetivo peyorativo de ser adorados como
dioses, implantando una clase de religión opresiva bajo pena de
muerte.
Veremos que esta situación se extiende por mucho tiempo asta
la destrucción de estos inicuos en el diluvio.
La implantación de la religión o adoración como verdaderamente
era su denominación original vuelve a surgir después del diluvio con
un biznieto de Noé llamado Nenrod, toman como inicio la región de
la tierra que conocemos como Mesopotamia estableciendo
ciudades reinos las cuales estaban dedicadas al dios o dioses para
su adoración personal.
Las cosas no han cambiado durante los miles de años
transcurridos, pues la adoración o religión como se le denomina hoy
es la misma y va dirigida a los mismos dioses pero con distinto
nombre lo cual se conoce como sincretismo.
NEFILIM
(Derribadores; Los que Hacen Caer [a Otros]).
Transliteración de la palabra hebrea nefi•lím, que está en plural
las tres veces que aparece en la Biblia. (Gé 6:4; Nú 13:33 [dos
ocasiones].) Seguramente proviene de la forma causativa del verbo
hebreo na•fál (caer), que se emplea, por ejemplo, en 2 Reyes 3:19;
19:7.
El relato de la Biblia que explica que Dios desaprobó a la
sociedad humana en los días de Noé antes del Diluvio, dice que “los
hijos del Dios verdadero” tomaron para sí esposas de entre las
atractivas hijas de los hombres. Luego menciona la presencia de los
“nefilim”: “Los nefilim se hallaban en la tierra en aquellos días, y
también después, cuando los hijos del Dios verdadero continuaron
teniendo relaciones con las hijas de los hombres y ellas les dieron a
luz hijos, estos fueron los poderosos [heb. hag•guib•bo•rím] que
eran de la antigüedad, los hombres de fama”. (Gé 6:1-4.)
Identidad. Los comentaristas bíblicos han ofrecido varias
explicaciones sobre la identidad de los nefilim mencionados en el
versículo 4. Algunos creen que la etimología del nombre indica que
los nefilim habían caído del cielo, es decir, que eran ‘ángeles
caídos’ que mantuvieron relaciones con las mujeres, relaciones de
las que nacerían “los poderosos [...] los hombres de fama”. Otros
doctos han reparado particularmente en la expresión “y también
después” (vs. 4), y han afirmado que los nefilim no eran los ‘ángeles
caídos’ o “los poderosos”, puesto que los nefilim “se hallaban en la
tierra en aquellos días”, antes de que los hijos de Dios tuviesen
relaciones con mujeres. Sostienen la opinión de que los nefilim eran
simplemente hombres malvados como Caín —ladrones,
intimidadores y tiranos—, que vagaron por la tierra hasta que se les
aniquiló en el Diluvio. Por último, también hay quienes han tomado
en consideración el contexto del versículo 4 y han llegado a la
conclusión de que los nefilim no eran ellos mismos ángeles, sino la
prole híbrida que resultó de las relaciones que mantuvieron los
ángeles materializados con las hijas de los hombres.
Lo mismo que los “guib•bo•rím”. Ciertas traducciones bíblicas
ajustan el lugar donde aparece la frase “y también después”, y la
colocan cerca del principio del versículo 4, de manera que
identifican a los nefilim con “los poderosos”, los guib•bo•rím,
mencionados en la última parte del versículo. Por ejemplo: “En
aquel entonces había gigantes [heb. han•nefi•lím] en la tierra (y
también después), cuando los hijos de Dios se unieron a las hijas
de los hombres, y ellas les daban hijos. Estos son los héroes [heb.
hag•guib•bo•rím] de antaño, hombres famosos”. (Gé 6:4, EMN,
1988; véanse también BJ, LT, PIB.)
La Septuaginta griega también indica que los “nefilim” y los
“poderosos” son los mismos, pues utiliza la palabra guí•gan•tes
(gigantes) para traducir ambas expresiones.
Un repaso del relato permite ver que en los versículos del 1 al 3
se habla de que “los hijos del Dios verdadero” tomaron esposas y
se registra la declaración de Jehová de que iba a poner fin a su
paciencia con los hombres al cabo de ciento veinte años. Luego, el
versículo 4 menciona que los nefilim se hallaban en la tierra “en
aquellos días”, los días en que Jehová hizo la declaración. A
continuación pasa a mostrar que esta situación continuó “después,
cuando los hijos del Dios verdadero continuaron teniendo relaciones
con las hijas de los hombres”, y explica con más detalle los
resultados de la unión de “los hijos del Dios verdadero” con las
mujeres.
¿Quiénes fueron los “hijos de Dios” que engendraron a los
nefilim?
¿Quiénes fueron esos “hijos del Dios verdadero”? ¿Eran hombres
que adoraban a Jehová (para distinguirlos de la humanidad inicua
en general), como algunos afirman? Es obvio que no. De lo que
dice la Biblia se deduce que su matrimonio con las hijas de los
hombres resultó en un avivamiento de la maldad en la tierra. Noé y
sus tres hijos, junto con sus esposas, fueron los únicos que tuvieron
el favor de Dios, por lo que se les conservó con vida durante el
Diluvio. (Gé 6:9; 8:15, 16; 1Pe 3:20.)
Por lo tanto, si esos “hijos del Dios verdadero” fueron tan solo
hombres, surge la pregunta: ¿por qué sus descendientes llegaron a
ser “hombres de fama”, aún más que la prole de los inicuos o del fiel
Noé? También podría hacerse la pregunta: ¿por qué mencionar su
matrimonio con las hijas de los hombres como algo especial? El
matrimonio y el nacimiento de niños había tenido lugar por más de
mil quinientos años.
Por lo tanto, los hijos de Dios mencionados en Génesis 6:2 deben
haber sido ángeles, “hijos de Dios” celestiales. Esta misma
expresión se aplica a los ángeles en Job 1:6 y 38:7. Pedro apoya
este punto de vista cuando habla de “los espíritus en prisión, que en
un tiempo habían sido desobedientes cuando la paciencia de Dios
estaba esperando en los días de Noé”. (1Pe 3:19, 20.) También
Judas escribe acerca de “los ángeles que no guardaron su posición
original, sino que abandonaron su propio y debido lugar de
habitación”. (Jud 6.) Los ángeles tenían el poder de materializarse
en forma humana, y algunos lo hicieron para llevar mensajes
procedentes de Dios. (Gé 18:1, 2, 8, 20-22; 19:1-11; Jos 5:13-15.)
Pero la morada propia de los espíritus es el cielo, y los ángeles
tienen allí posiciones de servicio bajo Jehová. (Da 7:9, 10.) El
abandonar esta morada para habitar en la tierra y dejar su
servicio asignado a fin de introducir una manipulación genética
en el ADN humano y procrear una raza de individuos híbridos
violentos por medio de tener relaciones carnales (aunque fueron
destruidos en el diluvio sus características se reflejan en las
actitudes de muchos humanos) para someter a los seres
humanos al temor de ellos, era una rebelión contra las leyes
naturales establecidas por el Dios verdadero y una perversión.
La Biblia dice que los ángeles desobedientes son en la actualidad
“espíritus en prisión”, que han sido arrojados “en el Tártaro” y se les
ha “reservado con cadenas sempiternas bajo densa oscuridad para
el juicio del gran día”. Estas palabras parecen indicar que están muy
restringidos, sin poder materializarse de nuevo como lo hicieron
antes del Diluvio. (1Pe 3:19; 2Pe 2:4; Jud 6.)
Incremento de la iniquidad. Los “poderosos que eran de la
antigüedad, los hombres de fama” producto de esos matrimonios,
no eran hombres de fama para Dios, puesto que no sobrevivieron al
Diluvio, como Noé y su familia. Eran “nefilim”, intimidadores, tiranos
que sin duda propiciaron que empeoraran las condiciones. Sus
padres angélicos, que conocían la formación del cuerpo humano el
ADN o su composición genética podían materializarse, no estaban
creando vida, sino que vivían en esos cuerpos humanos y
engendraron hijos al cohabitar con las mujeres. Sus hijos,
“poderosos”, eran por lo tanto híbridos, una forma de vida
desaprobada por Dios. Al parecer los nefilim no tuvieron hijos.
En la mitología. La fama de los nefilim y el temor que inspiraron
parece ser que constituyeron la base de muchas mitologías de los
pueblos paganos que se esparcieron por toda la tierra después de
la confusión de lenguas en Babel. Y aunque el contexto histórico del
relato del Génesis quedó notablemente distorsionado y adornado,
guarda una considerable semejanza con dichas mitologías antiguas
(la de los griegos es solo un ejemplo), según las cuales los dioses y
las diosas se emparejaron con los humanos para producir héroes
sobrehumanos y temibles semidioses que tenían características
humanas y divinas. [La religión griega]
Un informe que tenía la intención de atemorizar. Los diez espías
que regresaron a los israelitas en el desierto con un informe acerca
de la tierra de Canaán declararon: “Toda la gente que vimos en
medio de ella son hombres de tamaño extraordinario. Y allí vimos a
los nefilim, los hijos de Anaq, que son de los nefilim; de modo que
llegamos a ser a nuestros propios ojos como saltamontes, y así
mismo llegamos a ser a los ojos de ellos”. Sin duda había algunos
hombres altos en Canaán, como lo muestran otros textos, pero
nunca —excepto en este “informe malo”, que fue cuidadosamente
expresado (suposición) en términos aterradores con el fin de causar
pánico entre los israelitas— se les llama nefilim. (Nú 13:31-33;
14:36, 37.)
Agentes del mal
LA EXPLICACIÓN de la Biblia sobre el papel de los demonios
(extraterrestres hoy) en los asuntos humanos contesta algunas
preguntas fundamentales que, de otro modo, no tendrían respuesta.
Considere, por ejemplo, estas palabras del periódico International
Herald Tribune sobre la guerra de los Balcanes: “Un equipo de
investigadores de la Comunidad Europea ha llegado a la conclusión
de que [los soldados] han violado a más de veinte mil mujeres y
muchachas musulmanas [...] como parte de una política sistemática
de terror concebida para intimidar, desmoralizar y obligar a la gente
a abandonar su hogar”.
Un ensayo de la revista Time intentó ofrecer una explicación
plausible: “A veces, los jóvenes soldados cometen violaciones para
agradar a sus mayores, sus oficiales, y ganarse cierto tipo de
aprobación filial. La violación es prueba de compromiso con la
ferocidad del grupo. El joven que está dispuesto a cometer actos
horribles ha subordinado su conciencia individual para fusionarse
con los propósitos inflexibles del grupo. El hombre confirma su
lealtad mediante la atrocidad”.
Ahora bien, ¿por qué están más degradados “los propósitos
inflexibles del grupo” que la conciencia individual de sus miembros?
A nivel individual, casi todo el mundo quiere vivir en paz con su
prójimo. Por ello, ¿a qué se debe que en tiempos de guerra las
personas violen, torturen y se maten entre sí? Un factor clave es la
influencia de las fuerzas demoníacas. (extraterrestres hoy).
La comprensión del papel de los demonios también soluciona lo
que se ha denominado un “problema teológico”. Este consiste en
conciliar tres proposiciones: 1) Dios es todopoderoso, 2) Dios es
amoroso y bueno y 3) suceden cosas terribles. Se dice que es
posible conciliar dos de estas proposiciones, pero no las tres. La
misma Palabra de Dios da la respuesta, y esa respuesta implica a
los espíritus invisibles, (extraterrestres hoy) los agentes del mal.
El primer rebelde
La Biblia nos dice que Dios es un espíritu. (Juan 4:24.) Con el
tiempo creó a otros millones de seres espíritus, sus hijos angélicos.
Daniel, el siervo de Dios, contempló en visión a cien millones de
ángeles. Todos los espíritus que Jehová creó eran justos y se
conformaban a su voluntad. (Daniel 7:10; Hebreos 1:7.)
Posteriormente, cuando Dios ‘fundó la tierra’, estos hijos
angélicos de Dios “gozosamente clamaron a una” y “empezaron a
gritar en aplauso”. (Job 38:4-7.) Pero uno de ellos concibió el deseo
de recibir la adoración que solo merecía el Creador. Al rebelarse
contra Dios, este ángel se convirtió en un satanás (que significa
“opositor”) y en un diablo (que significa “calumniador”). (Compárese
con Ezequiel 28:13-1. Enoc quien era, El libro de Enoc
Este opositor se valió de una serpiente en Edén para hablar a la
primera mujer, Eva, y persuadirla a desobedecer el mandato directo
de Dios de no comer del fruto de cierto árbol del jardín. Más tarde,
su esposo también comió. Así, la primera pareja humana se unió a
la rebelión del ángel contra Jehová su Creador. (Génesis 2:17; 3:1-
6.)
Aunque lo que sucedió en Edén puede parecer una lección clara
relativa a la obediencia, Satanás (opositor) hizo surgir dos
importantes cuestiones, una de principio activo y otra moral.
Primero, cuestionó que Jehová fuera la fuente de energía apropiada
para mantener a sus criaturas vivas y para beneficio de estas. El
ser humano podía auto suministrarse su propia fuente de energía
mejor él mismo. Segundo, puso en duda la lealtad y fidelidad de las
criaturas a Dios si la dependencia energética no les traía beneficios
materiales.
La clara comprensión de las cuestiones que surgieron en Edén y
el conocimiento de los atributos de Jehová nos ayudan a entender
la solución al “problema teológico”, es decir, conciliar la existencia
del mal con los atributos divinos de poder y amor. Aunque es cierto
que Jehová posee un poder ilimitado y es la personificación del
amor, también es sabio y justo. Manifiesta esos cuatro atributos en
perfecto equilibrio. Por ello, no empleó su poder irresistible para
destruir a los tres rebeldes de inmediato. Esa acción hubiera sido
justa, pero no necesariamente sabia ni amorosa. Por otra parte,
tampoco perdonó y olvidó, para algunos la opción más amorosa, si
bien no hubiera sido ni sabia ni justa.
Se necesitaba tiempo para zanjar las cuestiones que Satanás
suscitó. Haría falta tiempo para probar si los humanos podían
gobernarse bien independientemente de Dios como su fuente de
energía o no. Al permitir que los tres rebeldes siguieran viviendo,
Jehová también hizo posible que los seres humanos participaran en
probar la falsedad de la alegación de Satanás, al comprobarse que
la independencia de la fuente de vida acabaría en la inoperancia
activa del receptor (muerte) Jehová había dicho claramente a Adán
y Eva que morirían si comían del fruto prohibido. Y así fue, aunque
Satanás le había asegurado a Eva lo contrario. Satanás también
está bajo sentencia de muerte; entretanto, sigue extraviando a la
humanidad. Por ello, la Biblia dice: “El mundo entero yace en el
poder del inicuo”. (1 Juan 5:19; Génesis 2:16, 17; 3:4; 5:5.)
Podemos entender esto por el hecho de que la cuestión no fue
una independencia moral o de derecho a gobernar (obediencia),
dicho de otro modo, los seres humanos no tenían que estar a la
espera de recibir ordenes para obedecer pues los primeros seres
humanos fueron provistos de una conciencia autónoma para auto
gobernarse con plenos poderes en verdadera justicia.
No mucho tiempo después de los sucesos de Edén, otros
ángeles se rebelaron también contra la soberanía de Jehová. La
Biblia dice: “Ahora bien, aconteció que cuando los hombres
comenzaron a crecer en número sobre la superficie del suelo y les
nacieron hijas, entonces los hijos del Dios verdadero empezaron a
fijarse en las hijas de los hombres, que ellas eran bien parecidas; y
se pusieron a tomar esposas para sí, a saber, todas las que
escogieron”. En otras palabras, estos ángeles “abandonaron su
propio y debido lugar de habitación [en el cielo]”, vinieron a la Tierra
materializados en forma humana y disfrutaron de placeres
sensuales con las mujeres con el propósito de crear una raza
independiente de la verdadera y legítima fuente de energía.
(Génesis 6:1, 2; Judas 6.)
El relato sigue en Génesis 6:4: “Los nefilim se hallaban en la
tierra en aquellos días, y también después, cuando los hijos del
Dios verdadero continuaron teniendo relaciones con las hijas de los
hombres y ellas les dieron a luz hijos, estos fueron los poderosos
que eran de la antigüedad, los hombres de fama”. Estos hijos
híbridos que les nacieron a las mujeres y los ángeles eran
anormalmente fuertes, “poderosos”. Eran hombres de violencia, es
decir, nefi•lím, palabra hebrea que significa “los que hacen caer a
otros”.
Es digno de mención el que estos sucesos posteriormente se
incorporaran en leyendas de civilizaciones antiguas. Por ejemplo,
una epopeya babilonica de hace cuatro mil años cuenta las hazañas
sobrehumanas de Gilgames, un semidiós poderoso y violento cuya
lujuria “no deja a ninguna hija al lado de aquel que la ama”.Poema
de Gilgamesh. Otro ejemplo, este de una leyenda griega, es el del
personaje sobrehumano Hércules (Heracles). Era hijo de Alcmena,
una mujer, y del dios Zeus. Hércules protagonizó una serie de
aventuras violentas después de matar a su esposa e hijos en un
ataque de locura. Otra historia es la del personaje Hermes
Trismegisto que podemos ver en este punto Hermes Trismegisto.
OANES es otro personaje que llegó a gobernar o someter a los
sumerios...Oanes
A pesar de que estas historias se distorsionaron mucho al pasar
de generación en generación, evocan lo que la Biblia dice acerca de
los nefilim y sus rebeldes padres angélicos.
La Tierra estaba tan llena de violencia, debido a la influencia de
estos ángeles inicuos y sus hijos sobrehumanos, que Jehová
decidió destruir el mundo por medio de un gran diluvio. Los nefilim
perecieron junto con todos los hombres impíos; los únicos humanos
sobrevivientes fueron el justo Noé y su familia. (Génesis 6:11; 7:23.)
Descubrimientos arqueológicos en apoyo a este estudio.Tablas de
Ur.